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Nombradas por hombres: explotación colonial y egocentrismo en los orígenes de las ciencias botánicas

Imagen de Tai Linhares

La edad de oro de las ciencias botánicas es una consecuencia directa de las expediciones coloniales europeas, y no es una exageración. Imagina esto: un grupo de hombres blancos oligarcas, huyendo del invierno europeo rumbo al Sur. Impulsados por un espíritu aventurero y la ambición de inscribir sus nombres en los libros de historia, se adentran en la selva con el respaldo de la administración colonial para retratar un paisaje que les resulta ajeno y, a través de sus lupas occidentales, describir a sus habitantes, su fauna y su flora. Su valentía y audacia serán celebradas por generaciones, mientras que la presencia misma de personas esclavizadas, cargando sus pesadas cajas de suministros y señalando los especímenes más valiosos del bosque, permanece hasta hoy invisibilizada.

En el siglo XIX, esta escena no era en absoluto excepcional; por el contrario, era la forma habitual en que los naturalistas y exploradores aficionados llevaban a cabo expediciones científicas para identificar, describir y catalogar especies vegetales “nuevas”, inaugurando lo que hoy conocemos como las ciencias botánicas modernas. En este contexto, “descubrir” una planta no solo contribuía al progreso de la ciencia, sino que también ofrecía una oportunidad de auto-expresión que dio forma al conocimiento que tenemos sobre el llamado “mundo natural”: una construcción occidental arraigada en el ideal burgués e individualista de la dominación de la cultura sobre la naturaleza.

«Las decisiones de nomenclatura borraron una vez más la exuberancia de la planta y su vínculo con el ecosistema, y en su lugar, honraron a figuras masculinas.»

Al nombrar una planta aún desconocida para la mirada europea, los botánicos podían expresar su gusto personal y sus preferencias estéticas. Una búsqueda básica en el repositorio digital de los Royal Botanic Gardens Kew de plantas que llevan la palabra “feo” (deformis en latín) en sus nombres nos arroja 23 resultados. Uno de ellos es Haemanthus deformis, una suculenta originaria de Sudáfrica que fue catalogada por primera vez en 1871 por el botánico y explorador británico Joseph Dalton Hooker. Con dos hojas largas opuestas que yacen planas sobre el suelo, esta planta pudo haber chocado con el sentido estético colonial europeo, pero nombrarla “fea” revela más sobre el pensamiento reduccionista del botánico europeo que sobre la planta misma.

Haemanthus deformis. A la izquierda: ilustración del ejemplar, 1885 (fuente: Royal Botanic Gardens Kew); a la derecha: foto de sus hojas planas, tomada en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, por Abu Shawka en 2010 (fuente: Wikipedia).

Más tarde, la misma planta llamó la atención de otros dos exploradores, quienes creyeron ser los primeros naturalistas europeos en descubrirla. Una vez más, al nombrarla, se borraron la exuberancia y la complejidad de la planta, y su vínculo con el ecosistema fue reemplazado por un homenaje a figuras masculinas. John Gilbert Baker la llamó Haemanthus mackenii, en referencia a un varón desconocido llamado McKen, mientras que el explorador sudafricano R. Baur la bautizó con orgullo Haemanthus baurii, en honor a sí mismo. 

Hoy en día, esta práctica de poner el propio nombre está desacreditada, pero en el siglo XIX, cuando el sistema moderno de nomenclatura biológica aún se estaba consolidando, era bastante común. Más allá de ser una oportunidad para presumir de egocentrismo, dar nombres de personas a las plantas era un recurso social utilizado para reforzar relaciones entre colegas, reconocer afiliaciones, expresar afecto a los parientes o agradecer a los mecenas.

Historias coloniales entre líneas taxonómicas

Noté por primera vez las estructuras de poder latentes en la nomenclatura botánica durante el último año de mi segunda licenciatura en la Universidad Técnica de Berlín, donde estudié informática. Antes de programar, fui periodista y cineasta, con una inclinación hacia las ciencias sociales y las artes visuales. Aprender a programar me dio un enfoque completamente nuevo para contar historias. Ahora podía ver cómo las historias emergían de datos no estructurados, gráficos de dispersión y bases de datos relacionales.

«Al examinar la información existente, se puede leer entre líneas e identificar historias de plantas que conectan el proceso de catalogación y denominación de plantas con el proyecto colonial.»

La presencia de referencias a nombres europeos en la terminología científica llamó mi atención cuando intentaba rastrear la historia del lugar de donde provengo en Brasil: el hermoso paisaje montañoso que forma parte de mis recuerdos de infancia, el Parque Nacional de la Serra dos Órgãos, en el estado de Río de Janeiro. Comencé a investigar representaciones históricas de esta región y descubrí que algunas de sus primeras representaciones visuales fueron realizadas durante expediciones científicas a principios del siglo XIX, cuando Brasil, aún colonia de Portugal, empezó a permitir que científicos extranjeros visitaran y exploraran el país. Fue entonces cuando decidí desarrollar un marco de análisis para identificar las relaciones entre las ciencias botánicas y el colonialismo, dando origen a la idea de Named after Men (naM).

La Serra dos Órgãos, en el estado de Río de Janeiro, pintada por Johann Moritz Rugendas entre 1820 y 1825 (fuente: Wikipedia).

Cada día, el sitio web de naM publica una planta diferente que ha sido nombrada en honor a un botánico hombre. En estas publicaciones diarias, las plantas hablan en primera persona sobre lo que las bases de datos botánicas dicen de ellas: el año en que fueron catalogadas, los nombres que se les asignaron y los hombres a quienes supuestamente deben honrar con su existencia. Cada publicación también indica el lugar donde las plantas son “nativas”. Esta información se organiza en una nube de etiquetas que destaca las regiones geográficas de origen de la mayoría de las plantas. Algunas de las plantas y botánicos están vinculados a sus artículos en Wikipedia, lo que permite profundizar en sus historias oficiales. Esta información permite leer entre líneas e identificar historias de plantas que conectan el proceso de catalogación y nombramiento con el sistema colonial.

Este marco narrativo demostró su eficacia en el primer post: la breve historia del Ficus erecta, escrita automáticamente por el algoritmo a partir de datos estructurados de una base de datos botánica:

«#1 Me llamaron Ficus erecta, también conocido como Ficus taquetii y Ficus sieboldii. Rindo homenaje a los botánicos varones Taquet (no he podido encontrar sus registros), y Philipp Franz von Siebold, o Karl (Carl) Theodor Ernst von Siebold. Me catalogaron por primera vez en 1786.»

Captura de pantalla de la entrada “Named after Men” del Ficus erecta, redactada automáticamente por el algoritmo a partir de datos estructurados de una base de datos botánica.

El Ficus erecta es un arbusto o árbol de la familia de las higueras originario de Japón, China, Taiwán y Vietnam. Puede crecer de dos a siete metros de altura, y sus frutos comestibles de color púrpura negruzco dependen de una especie de avispa para madurar, estableciéndose una relación mutua en la que la avispa fecunda a la planta, y el higo acoge a la cría de avispa. 

En 1786, el Ficus erecta fue observado y catalogado por primera vez por el naturalista sueco Carl Peter Thunberg, que trabajaba para la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC) en Dejima, una pequeña isla artificial de la bahía de Nagasaki, en Japón, utilizada entonces como puesto comercial. Tras estudiar en la Universidad de Uppsala, Thunberg fue animado por su maestro Carl Linnaeus, conocido como el padre de la taxonomía de la biología moderna, a viajar a Ámsterdam para continuar sus estudios. Fue así como llegó a vincularse con la compañía VOC.

La planta sería “redescubierta” 80 años después por el botánico holandés Friedrich Anton Wilhelm Miquel, que catalogó por error un ejemplar de Ficus erecta como Ficus sieboldii. Aunque el intento de denominación no fue aceptado porque la planta ya era conocida por los científicos, puede interpretarse como un homenaje póstumo. El homenajeado -el médico, botánico y viajero alemán Philipp Franz von Siebold- murió en 1866, el mismo año en que Miquel registró lo que creía que era una nueva especie vegetal.

A diferencia de Siebold, Miquel no era un viajero, sino un taxónomo vegetal. Tras la muerte de Siebold, Miquel, como director del Herbario Nacional de los Países Bajos, asumió la responsabilidad de finalizar el legado de Siebold: el libro sobre plantas japonesas titulado Flora Japonica. El prestigio de Siebold en la botánica se forjó gracias a sus grandes aportaciones al Hortus Botanicus de Leiden, en forma de varias cajas de plantas y animales disecados procedentes de Japón, antes de ser expulsado y que se le prohibiera definitivamente la entrada a ese país en 1829.

Grabado del Hortus botanicus de Leiden, realizado por Willem Isaacsz Swanenburg en 1610 (fuente: Wikipedia).

Siebold era oficial médico del ejército de las Indias Orientales Holandesas, una colonia holandesa en Asia Oriental que se convirtió en lo que hoy conocemos como Indonesia. La trayectoria de Siebold guarda ciertas similitudes con la de Thunberg, el primer naturalista que catalogó el Ficus erecta. Ambos eran médicos y empezaron sus carreras en el puesto comercial de Dejima (Japón): Siebold en 1823 y Thunberg unos 50 años antes. Durante los seis años que trabajó para los holandeses en Japón, Siebold estuvo implicado en varias actividades ilegales. Contrabandeó semillas de plantas de té japonesas sin consentimiento gubernamental e inició el cultivo del té en Java, que entonces formaba parte de las Indias Orientales Holandesas. También compró mapas detallados de Corea y Japón, algo estrictamente prohibido por razones de seguridad del Estado, lo que provocó su expulsión de Japón bajo la acusación de espionaje.

Siebold también fue responsable de la introducción en Europa y Norteamérica de la hierba nudosa japonesa o Fallopia japonica, una planta invasora que daña todo tipo de estructuras de hormigón, provocando, por ejemplo, el debilitamiento de las defensas contra inundaciones y favoreciendo incendios. Se estima que sus actividades de biopiratería y comercio dieron lugar al menos a tres envíos de especímenes vegetales, animales raros cazados y objetos “etnográficos” japoneses hacia los Países Bajos. El contrabando colonial de Siebold dio origen al Museo Nacional de Etnología en Leiden y contribuyó a las colecciones del Centro de Biodiversidad Naturalis, en la misma ciudad holandesa. Como reconocimiento por sus servicios al imperio colonial neerlandés, Siebold es homenajeado con el nombre de al menos 13 especies de plantas y dos animales.

Celebrar la opresión sigue siendo la norma

Desafortunadamente, poner nombres de colonizadores a las plantas sigue siendo una práctica habitual en las ciencias botánicas. En 2021, científicos alemanes y belgas de la Universidad de Koblenz-Landau identificaron una nueva especie de árbol de la familia de las caobas que puede alcanzar hasta 30 metros en la selva tropical de las montañas de Ruanda. Según un reportaje del diario Spiegel, los orgullosos científicos definieron su “descubrimiento” de una nueva especie de árbol en el siglo XXI como una “verdadera sensación”. Sin embargo, al nombrarlo Carapa wohllebenii, siguieron un enfoque de nomenclatura propio del siglo XVIII. El nombre es un homenaje al guardabosques alemán y autor de best-sellers Peter Wohlleben, “en reconocimiento a su pasión y compromiso con los árboles, los bosques y la conservación de la naturaleza.”

Esta actitud resulta especialmente indignante a la luz de la violenta historia colonial de Ruanda, que formó parte de la colonia alemana de África Oriental desde 1899 hasta la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial. Durante este periodo, Alemania comenzó a instigar divisiones raciales en la sociedad ruandesa, una práctica que también adoptó y perfeccionó Bélgica tras la Primera Guerra Mundial. La ideología de superioridad racial difundida por alemanes y belgas culminaría en el genocidio ruandés de 1994, en el que fueron asesinados más de 800.000 tutsis. 

Con este gesto, los científicos alemanes perdieron una gran oportunidad de celebrar a los supervivientes ruandeses y sus esfuerzos por reconstruir su país y proteger la biodiversidad.

«Desgraciadamente, dar nombres de colonizadores a las plantas sigue siendo una práctica común en las ciencias botánicas. […] [Y] Una vez que se ha dado un nombre a una planta, rara vez puede cambiarse»

Los nombres científicos de las plantas deben ser únicos y sólo se aceptan como válidos tras su publicación en una revista científica. Además, los nombres deben ajustarse a las directrices establecidas en el Código Internacional de Nomenclatura para algas, hongos y plantas, también conocido como Código Shenzhen. Una vez que se ha asignado un nombre a una planta, rara vez puede cambiarse. La excepción a esta regla es cuando una especie vegetal es trasladada de un género a otro por un taxónomo, es decir, un científico especializado en clasificar organismos según sus atributos morfológicos y fisiológicos. El cambio de nombre de una planta debe ser juzgado por un comité de la Asociación Internacional de Taxonomía Vegetal, responsable de salvaguardar el código.

El código, sin embargo, se preocupa más por mantener el orden en la categorización de las especies y asegurar el uso correcto de los sufijos latinos y la ortografía. Según el párrafo 23.2, “El epíteto en el nombre de una especie puede provenir de cualquier fuente y hasta puede ser compuesto de manera arbitraria.” Desde esta perspectiva, el código podría describirse como “neutral respecto al contenido”. Como se expresa en el párrafo 51.1, “Un nombre legítimo no debe ser rechazado simplemente porque él, o su epíteto, sea inapropiado o desagradable, o porque otro sea preferible o más conocido (véanse los Art. 56.1 y F.7.1), o porque haya perdido su significado original.”

Cambiar las perspectivas para repensar las prácticas de denominación

Suele argumentarse que no hay motivo de preocupación, ya que los nombres científicos no sustituyen a los nombres comunes, es decir, aquellos por los que las plantas son popularmente conocidas. Por lo tanto, no sería necesario revisar los criterios de denominación científica ni hacerlos menos sesgados. Este argumento tiene dos fallas fundamentales. En primer lugar, no considera los intereses de personas negras, indígenas y de color en general como relevantes para las ciencias botánicas, excluyéndolas así por completo de este campo. En segundo lugar, y no menos problemático, es asumir que los nombres comunes provienen necesariamente de un lugar de respeto, lo cual, considerando las dinámicas coloniales de imposición de lenguas europeas y de renombrar lugares y seres vivos según valores coloniales, está lejos de ser cierto.

Consideremos el ejemplo de Bertholletia excelsa, comúnmente conocida como nuez de Brasil o castaña de Pará (castanha do Pará, en portugués), ambos nombres que hacen referencia, respectivamente, a un país y a un estado de donde supuestamente proviene esta nuez. ¿Por qué este árbol recibe el nombre del país si solo crece en uno de los seis biomas brasileños? Además, la castaña de Pará no es típica únicamente del estado brasileño de Pará, en el norte del país, sino también de otras regiones como el Amazonas, e incluso de países como Venezuela y Perú. La respuesta a esta pregunta puede estar en las estrategias históricas de marketing utilizadas para promocionar esta nuez en las metrópolis brasileñas y en países occidentales. Por lo tanto, el nombre común de esta nuez no es del todo preciso ni está libre de sesgos, sino que también refleja una mirada centralista y comercial, ajena a su diversidad territorial y cultural.

Ilustración de la castaña de Brasil en el suplemento de Scientific American, n.º 598, 18 de junio de 1887 (fuente: Wikipedia).

Bertholletia excelsa es un árbol nativo de la selva amazónica. El naturalista alemán Alexander von Humboldt lo nombró en 1808 en honor a su amigo, el químico francés Conde Claude Louis Berthollet. La palabra excelsa significa “alta” en latín y podría hacer referencia a la altura del árbol, que puede alcanzar hasta los 50 metros. Esta planta es de enorme importancia para diversos pueblos indígenas y comunidades tradicionales de la Amazonía, apareciendo, por ejemplo, en el mito apurinã de Tsorá, que relata los orígenes del mundo. Curiosamente, para el pueblo apurinã, Mitatakury, el árbol de las grandes hojas y frutos, ya existía antes de que el mundo fuera creado.

La extracción de la castaña es una de las principales actividades económicas de los pueblos indígenas que viven en la región del curso medio del río Purús, al sur del estado de Amazonas, en Brasil. Sin embargo, su relación con el árbol no es sólo económica, como señala el antropólogo Mario Rique Fernandes, de la Universidad Federal del Amazonas (UFAM), sino también social. En su doctorado, Fernandes estudió la idea de ancestralidad e historicidad de los apurinã a través de su relación con el territorio y los paisajes, donde los castañales desempeñan un papel importante.

El pueblo apurinã domina el arte de la extracción de castañas, una práctica ancestral que requiere resistencia física y un profundo conocimiento de la selva. Hallazgos arqueológicos recientes demuestran que los castañales en la Amazonía están directamente relacionados con la presencia humana; estos bosques son lo que arqueólogos y ecólogos históricos denominan “paisajes antropogénicos”. Los árboles de castaña de Brasil necesitan luz solar para crecer, la cual se encuentra con mayor facilidad en los claros del interior del bosque. Según los investigadores, esta condición ideal para su desarrollo podría deberse tanto a influencias naturales, como una tormenta, como a la apertura controlada de claros para el cultivo, una práctica muy común entre comunidades indígenas y tradicionales.

Según Fernandes, Bertholletia excelsa aparece en tres episodios de la “Historia de Tsorá” del pueblo apurinã. Para hacerse una idea de la importancia de esta leyenda para los apurinã, explica Fernandes, equivale a lo que representa la Biblia para los cristianos, siendo Tsorá el equivalente a Dios. El mito relata la vida del héroe Tsorá y de sus hermanos, describiendo cómo crean o transforman seres vegetales y animales, “congelando” el mundo en el estado en que actualmente lo experimenta el pueblo apurinã.

El autor enfatiza que Bertholletia excelsa es el único árbol frutal mencionado en el mito que no fue plantado por los héroes; es decir, ya existía antes de que comenzara la historia del mundo. Además, Fernandes presenta analogías dentro del relato que sugieren una unidad entre Tsorá y el árbol. Considerando esta equivalencia y el paralelo con el relato bíblico de la creación, es posible interpretar que tanto Bertholletia excelsa como Tsorá encarnan una figura sagrada o creadora para el pueblo apurinã en la selva amazónica. El árbol no es solo un alimento o una especie nativa: forma parte del origen mismo del mundo y de su orden simbólico.

No es necesario ir muy lejos para reconocer la importancia de este árbol para los pueblos de la selva amazónica. Una vez que se revela la belleza y profundidad de esa relación, resulta casi absurdo que el nombre científico de la castaña de Brasil rinda homenaje a un conocido cualquiera de Humboldt. Más aún, extender al nombre de todo un país una relación de parentesco que pertenece a los pueblos indígenas de la Amazonía implica, en última instancia, invisibilizar sus vínculos con el territorio y reforzar la lógica de un Estado que históricamente ha expropiado sus tierras y amenazado su existencia.

Afortunadamente, una nueva generación de científicos está intentando cambiar este paradigma. En 2020, una petición enviada a la Sociedad Ornitológica Americana (AOS, por sus siglas en inglés) en Estados Unidos exigió el cambio de nombres científicos y comunes de aves que rinden homenaje a colonialistas y genocidas. El clamor fue escuchado por la asociación, que se comprometió a abordar este asunto en los meses siguientes. Otro intento de utilizar el sistema de nomenclatura científica con un propósito positivo es el del joven biólogo brasileño Pedro Henrique Cardoso, de la Universidad Federal de Río de Janeiro. Cardoso homenajea a dos líderes indígenas con los nombres de las plantas que descubrió durante su trabajo de campo en el centro y sudeste de Brasil.

Lippia krenakiana honra al activista, filósofo y autor Ailton Krenak, “reconociendo la importancia de los pueblos indígenas en la conservación de nuestra biodiversidad”, afirma Cardoso. Por su parte, Lippia stachyoides var guajajarana conmemora a la activista, ambientalista y política Sônia Guajajara, quien en 2018 se convirtió en la primera persona indígena en la historia de Brasil en postularse a la Vicepresidencia. Estas iniciativas demuestran que los cambios orientados a una ciencia más acogedora, equitativa y descolonizada no solo son necesarios, sino también posibles y desesperadamente urgentes.

Créditos

Autora: Tai Linhares es diseñadora, cineasta, artista visual y entusiasta de la programación. Nacida en Brasil, su proyecto más reciente, Named after Men, utiliza Python como herramienta narrativa para explorar las relaciones entre las ciencias botánicas y el colonialismo.

Texto original: Publicado en inglés el 21 de febrero de 2022 en Futuress, una plataforma digital donde convergen el feminismo, el diseño y la política. 

Título original: Named After Men. Colonial exploitation and egocentric bragging at the roots of the botanical sciences. 

Traducción al español: Katha Eitner (Arde).

Esta publicación forma parte de una colaboración entre Arde y Futuress, un experimento editorial que busca ampliar la circulación de contenidos entre distintas lenguas y territorios. Traducimos textos del inglés al español y del español al inglés, para que estas historias resuenen en más personas y contextos. Así, algunos textos de Futuress se leen en español desde Arde, y otros de Arde se traducen al inglés para ser compartidos por Futuress.

Agradecemos a quienes generosamente comparten sus textos e imágenes para hacer posible estas traducciones.

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Cómo citar este artículo

Formato APA 7

Eitner, K. (2026, 20 de julio). Nombradas por hombres: explotación colonial y egocentrismo en los orígenes de las ciencias botánicas. Arde. https://editorial.proyectoarde.org/nombradas-por-hombres-explotacion-colonial-y-egocentrismo-en-los-origenes-de-las-ciencias-botanicas/
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