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Memorias embargadas: confrontar el violento pasado colonial portugués a partir de las reliquias familiares

Su presencia da testimonio del paso de las décadas. Colgada en una pared de la casa de mi padre, en un sepia gastado, la foto muestra a un grupo de unos 40 hombres, entre ellos mi bisabuelo paterno: un hombre al que, en mi familia, nos enseñaron a admirar, y cuya vida se convertiría más tarde en una obsesión para mi. Para un observador cualquiera, no hay nada particularmente llamativo en esta imagen. Pero para mí, unos pocos detalles hicieron de esta fotografía el origen de una incomodidad creciente que persistió durante años, hasta que finalmente me impulsó a emprender un viaje hacia el pasado.

Una fotografía de la «Colonia portuguesa de Leopoldville, Congo Belga», 1912, tomada durante el primer viaje de mi bisabuelo a África.

En la parte superior del passe-partout o marco interior, unas letras en negrita declaran: “Colonia Portuguesa de Leopoldville, Congo Belga”. En la parte inferior, junto al sello del estudio de Luanda, Angola, donde se reveló la foto, se encuentra el número 7-4-912, es decir, setenta y un años antes de mi nacimiento. En la foto, entre un grupo de sombreros Panamá, se distinguen dos salacots —también conocidos como cascos de safari—, la prenda grabada para siempre en el imaginario popular como símbolo de la dominación colonial europea, particularmente en el continente africano.

De niña, me quedaba dormida mirando la foto cada vez que pasaba los fines de semana en la casa de mi padre. Mis dedos copiaban la tipografía de la parte superior, dibujándola en el aire, en un bucle que me inducía rápidamente al sueño. La foto aparecía, una y otra vez, cuando le preguntaba a mi padre por su abuelo, Celestino Sezinando Baptista, el único origen de la efímera riqueza de mi familia. La foto fue tomada en el que creemos que fue el primer viaje de Celestino a África, cuando tenía alrededor de 20 años y trabajaba para una empresa comercializadora. Más tarde, se convirtió en teniente del ejército y se unió a varias misiones administrativas y de asentamiento en diversas colonias portuguesas de África. Su “personalidad aventurera” y su “mente curiosa” lo llevaron a emprender viajes que más tarde serían alabados por generaciones en la familia, aunque supiéramos poco sobre la violencia que implicaron.

Sumergirme en los orígenes de esta fotografía se convirtió en una manera de ajustar cuentas con la historia de mi familia. Junto a ella, varios otros objetos heredados me han ayudado a llenar los vacíos. Sus relatos me han llevado a un recorrido por la historia colonial portuguesa en África, revelando narrativas que difieren radicalmente de los relatos con los que crecí. En este sentido, estos objetos son portales que abren la posibilidad de confrontar nuestro pasado colonial.

Leopardos y lagartos

Influido por las tendencias marcadas por los inicios de la antropología portuguesa, Celestino fue un ávido coleccionista, recolectando toda clase de objetos de las zonas más remotas de África. A diferencia de la valiosa porcelana, la platería, las pinturas al óleo y las colecciones de numismática que fueron disputadas ferozmente por sus seis hijos, la mayoría de estos objetos tenían poco valor comercial y quedaron abandonados cuando los bienes familiares se repartieron tras su muerte. Muchos de ellos fueron rescatados por mi abuela, la hija de Celestino, y más tarde poblaron las estanterías y paredes de su casa, donde pasé una parte considerable de mi infancia.

El sofá esquinero de mi abuela, tapizado con una tela clara, era el mejor lugar para saltar, probablemente porque estaba completamente cubierto de pieles y cueros de todo tipo. En la pared había una serie de largas pieles de serpientes y víboras, que se sentían ásperas al tacto de mis diminutos dedos. Más arriba había cráneos de antílopes y otros animales que me resultaban desconocidos, exhibidos como trofeos de caza. Había un caparazón de tortuga, el cráneo de un tigre y un conjunto de instrumentos musicales profusamente decorados y considerados “primitivos”.

Fragmentos de imágenes a la izquierda: la sala de estar de mi abuela, con una piel de leopardo en el respaldo del sofá e instrumentos indígenas colgados en la pared. Derecha: una foto de mi bisabuelo con uno de los hermanos de mi abuela y el leopardo muerto cuya piel más tarde apareció en el sofá de mi abuela.

Cada una de estas piezas revelaba un capítulo distinto de la historia de mi bisabuelo. Pero también conectaban a mi abuela con África, donde nació y vivió gran parte de su primera infancia. Cada objeto tenía una historia. Todo aquello en lo que posábamos la vista —aun si nadie lo decía— parecía extraordinario. Hacíamos peleas de almohadas con pieles de guepardo y jugábamos con guitarras artesanales exquisitamente talladas. “Y así también lo hacían otros niños portugueses”, pensábamos, alimentando subrepticiamente la ilusión de que el viejo mundo estaba a la mano. 

Recorte de prensa 

Cuando uso “nosotros” al referirme a estos recuerdos, hablo de mí, mis hermanos y nuestros primos, la tercera generación de nuestra familia nacida después de los años 80. No llegamos a conocer a nuestro bisabuelo, quien falleció dos años antes de mi nacimiento. Pero, como el resto de nuestra familia, crecí bajo el aura de su eco. Los detalles de su vida en el extranjero eran difusos, y en estos recuerdos vagos pero positivos, nunca se mencionaba lo que Celestino realmente hizo en África. Solo oíamos hablar de los detalles “exóticos”, los episodios épicos, los momentos peligrosos, siempre desde una perspectiva desinteresada y distante. El “otro” en esas historias estaba siempre implícito pero nunca nombrado. Celestino estaba en “lo salvaje”, proveyendo a su familia en Portugal, y palabras como colonialismo, violencia, racismo o explotación nunca formaron parte del relato.

Entonces, un día, en un recorte de prensa de un archivo local, leí que Celestino trabajó como ayudante de campo de Norton de Matos, un controvertido general portugués responsable de implementar el altamente discriminatorio «Estatuto del Indígena» (Estatuto do Indigena), un sistema de apartheid que definía los deberes religiosos, culturales, sociales y laborales de la población africana indígena bajo el dominio portugués.

Al parecer, mi bisabuelo y Norton de Matos contuvieron una vez un levantamiento en el sur de Angola. No logro encontrar ninguna fecha ni referencia concreta sobre este hecho. ¿Cuánta violencia física se necesita para reprimir una revuelta de personas que luchan legítimamente por su soberanía? ¿Lo sabía mi bisabuelo?

Fragmento izquierdo: Mi bisabuelo en la granja de N’dalatando, Cuanza Norte, Angola. Derecha: mi tío en el jardín de N’dalatando; al fondo, soldados indígenas barriendo, 1931. 

La diapositiva de cristal

Yo debía tener 13 o 14 años cuando mi padre y yo revisábamos unas cajas viejas y él encontró una antigua caja de metal. Tras abrirla con cuidado, sostuvo en sus manos algo que nunca había visto: una delicada diapositiva fotográfica de vidrio. «Algo muy antiguo», explicó, «de antes de que existieran las cámaras de rollo fotográfico». Lo que en realidad quería mostrarme, sin embargo, era lo que la imagen mostraba: un cuerpo negro intersexual desnudo, vulnerable y expuesto. Más allá de la curiosidad de no haber visto nunca una figura con características tanto masculinas como femeninas, había una incomodidad abrumadora que solo pude nombrar décadas más tarde. No por la crudeza de los genitales, sino por reconocer la violencia de mi propia mirada blanca. La brutalidad en la exposición forzada y la negación de la dignidad era algo que solo había visto en imágenes racistas, nunca en la casa de mi familia.

Mi bisabuelo nació en 1892, 131 años después de que se aboliera la trata de esclavos en Portugal continental, y 14 años después de que fuera prohibida en todas las colonias portuguesas. No obstante, el trabajo forzado persistió en las regiones remotas de las antiguas colonias durante otro siglo, al menos hasta la década de 1960. ¿Era libre la persona retratada en esa diapositiva de cristal? ¿Fue mi bisabuelo el responsable de esa puesta en escena? ¿Tomó él mismo la fotografía?

Un mechón de pelo

Mientras desocupaban la casa de mi bisabuelo tras su muerte, en el fondo de un viejo baúl de viaje que él usaba en sus misiones, mi madre encontró un sobre con una carta que él le había escrito a su esposa, en la que declaraba que había dejado suficiente dinero para mantener a la familia durante seis meses, «en caso de no regresar». Mi bisabuela nunca tocó esa misiva, temiendo supersticiosamente que precipitaría la muerte de mi bisabuelo. Mi abuela también conservaba un sobre con un mechón de pelo «de nuestro amado Eduardinho», el hijo pequeño de Celestino que murió siendo un niño a causa de una enfermedad tropical en África.

¿Qué tipo de persona fue Celestino Sezinando Baptista? Los relatos sobre su vida son contradictorios. Según mi madre, su abuelo —mi otro bisabuelo— lo detestaba profundamente. Siendo un joven cadete en el servicio militar obligatorio, se encontró trabajando para él. Contaba cómo, en una ocasión, el teniente Celestino se molestó por un perro que ladraba persistentemente, sacó su pistola y le disparó al animal a sangre fría. Mi padre compartió otra anécdota inquietante: mi bisabuelo fue destinado a una misión a Cabo Verde, cerca de Tarrafal, conocido como el Campo de la Muerte Lenta, un nombre que bajo ninguna circunstancia querrías que se asociara con tu pasado o tu familia. ¿Qué fue exactamente lo que ocurrió allí? ¿Qué secretos están enterrados en este capítulo tan perturbador de la historia?

Tarrafal

Construido en Cabo Verde por el dictador portugués António de Oliveira Salazar en 1936, Tarrafal fue un campo de concentración. Cuando se abrió, 152 prisioneros políticos fueron enviados allí, y hasta 1954, la prisión detuvo a quienes se opusieron y lucharon contra el régimen. En 1962, reabrió bajo otro nombre, el Campo de Trabajo de Chão Bom, y fue utilizado para encarcelar a los numerosos luchadores anticolonialistas y de la resistencia que peleaban por la independencia de Angola, Guiné-Bissau y Cabo Verde. Yo sabía que era la prisión más violenta del Estado Novo, el régimen autoritario que gobernó Portugal entre 1933 y 1974. Pero, en mi ignorancia, y como tantas otras personas de las generaciones siguientes, no era plenamente consciente de lo verdaderamente terrible que había sido.

Las condiciones en Tarrafal eran bárbaras. Poco después de ser ingresados, la salud de los prisioneros comenzaba a deteriorarse, y muchos morían debido al aislamiento, los golpes, la tortura y el trabajo forzado bajo un clima implacable. Sin duda, lo peor era lo que se conoció como la “sartén”: una celda de castigo donde se les obligaba a soportar el aislamiento y la deshidratación extrema durante períodos prolongados. Los relatos de los prisioneros políticos que sobrevivieron al campo cuentan que eran alimentados con carne de cuervo y describen la falta de protección contra los mosquitos portadores de enfermedades mortales, como otra forma más de matar a los prisioneros. La muerte era omnipresente.

Aunque este hecho es muy discutido dentro de mi familia, según mi padre, mi bisabuelo estuvo presuntamente destinado en Tarrafal durante un tiempo, trabajando en conexión con la administración del campo. Mientras me cuenta esta información, la voz de mi padre se debilita y las lágrimas comienzan a rodar por su rostro mientras repite una historia que le contó su abuelo: las órdenes oficiales eran matar de hambre a los prisioneros “difíciles” dándoles solo pan y agua, y no debían recibir ambos cada día. “Mi abuelo les daba agua un día y pan al día siguiente, para que tuvieran algo en el estómago todos los días”, me dice mi padre, llorando. Quise abrazarlo, pero no lo hice. Por primera vez, aunque solo fuera en silencio, pudimos nombrar las cosas y reconocer la violencia del pasado.

Bakonga

Una vez le pregunté a mi padre por otro objeto, conocido en mi familia como «El Cinturón Belga», un recuerdo de la época en que mi bisabuelo estuvo en el Congo, cuando aún estaba bajo ocupación belga. Mi padre lo baja desde lo alto de un armario polvoriento, y mientras lo limpiamos, noto que el color del pompón que recuerdo de mi adolescencia se ha desvanecido. Pero resulta que el cinturón Belga no es ni belga ni un cinturón; es en realidad un Bakonga, un escudo de cadera tejido que las mujeres del pueblo Mongo usaban alrededor de la cintura. Data de principios del siglo XX y, según un anticuario de Londres, un artículo similar se vende por 1.450 libras esterlinas.

El cinturón y la foto grupal siguen siendo parte de un enigma que no he podido resolver: ¿dónde estaba el asentamiento portugués de Leopoldsville cuya fundación está representada en la foto de 1912? No pude encontrar ninguna referencia. Este sitio parece haber sido borrado de los libros de historia, de los archivos nacionales, de Internet y de la memoria de mi familia. La historia que cuenta esta foto es de posibilidades y probabilidades, pero nunca de hechos. La única certeza es que quizás nunca llegue a conocer la historia completa.

Sentada con esta foto y los objetos  a los que me he aferrado y que he ido reuniendo meticulosamente durante los últimos meses, intento establecer una línea de tiempo aproximada. Cada uno de ellos sitúa a este hombre en algún lugar lejano, en un escenario de violencia y explotación. Cada uno de estos objetos es un portal a nuestro pasado, una posible conexión con nuestra historia, con nuestras memorias silenciadas. El problema es que la mayoría de esas memorias están incompletas, distorsionadas, son contradictorias. Hay vacíos, están en blanco. Son difíciles, si no imposibles, de recuperar. Y no es casualidad. La ausencia de memoria es, precisamente, parte del diseño.

Diseñando la memoria silenciada

Vuelvo a este texto una y otra vez. Distintos meses, distintas estaciones, distintas horas del día. Hoy es 10 de junio, el Día de Portugal, una fiesta nacional que conmemora la muerte de Luís de Camões, el Homero portugués. Durante la dictadura y hasta la revolución de 1974, la fecha se celebraba como «El Día de la Raza». Aquí, «raza» se refería a los portugueses blancos, pero más recientemente la fecha fue rebautizada de forma no oficial como el Día de Alcindo Monteiro, un homenaje al joven portugués negro de 27 años brutalmente asesinado por skinheads el 10 de junio de 1995. Décadas después, uno de esos skinheads sigue apareciendo en la televisión portuguesa, ya sea representado como un padre amoroso que habla del milagro de la vida y la paternidad, o invitado a un popular programa matinal para expresar sus ideas políticas sobre por qué Portugal necesita un nuevo dictador.

La erradicación de la historia colonial portuguesa del espacio público ha sido un proyecto a nivel nacional llevado a cabo primero por el régimen dictatorial de Salazar y luego por los sucesivos poderes, incluidos los medios de comunicación. Este proceso se traduce, en el presente, en una memoria en blanco y una falta de conocimiento público sobre lo que realmente implicó la colonialidad portuguesa. Crecí escuchando variaciones de refranes como: “Portugal fue el buen colonizador” o “Portugal no es un país racista”. Mientras tanto, los libros escolares enseñaron a generaciones de portugueses que los esclavos, el café y el azúcar fueron las exportaciones coloniales más rentables en un momento en que “Portugal era la mayor potencia colonial del mundo”. Nuestro himno nacional todavía alaba a los héroes que conquistaron los océanos, sin cuestionar nunca lo que esta supuesta valentía y audacia hicieron a los demás, mientras que los nacionalistas y autoritarios de derecha reciben cobertura mediática en horario estelar.

La revolución de 1974 puso fin por la fuerza a la dictadura en la llamada “metrópolis” y otorgó la independencia definitiva a los territorios que aún luchaban por liberarse del dominio colonial. Este doble acontecimiento marcó un cambio de rumbo en la trayectoria del país. Pero poco después, el nuevo régimen democrático de Portugal dio un giro radical, volviéndose hacia adentro, alejándose del legado expansionista de los 500 años anteriores. El gobierno recién elegido se centró en reconstruir el país, sacar a su población de la pobreza extrema y sentar las bases de una de las democracias más jóvenes de Europa. Mientras tanto, los problemas sociales derivados directamente de las guerras de liberación en África fueron, en gran medida, ignorados. No hubo un duelo colectivo por la generación de jóvenes perdidos en los conflictos, ni apoyo para el trauma sufrido por quienes sobrevivieron a la violencia. No existió una estrategia efectiva para integrar a los colonos portugueses blancos que regresaron al continente, ni a los portugueses negros que llegaron a Portugal por primera vez. De forma más problemática, no hubo reparaciones para ninguna de las antiguas colonias portuguesas en África. De hecho, al igual que muchas otras potencias colonizadoras europeas, Portugal optó por pagar reparaciones a los dueños de esclavos que se beneficiaron de la explotación. Esos problemas que aún no sabíamos cómo procesar fueron simplemente relegados a un segundo plano para las generaciones venideras. 

Por vergüenza, dolor o trauma, el país eligió olvidar. A través de la construcción de la historia, la exclusión de las voces negras y de quienes fueron atraídos a luchar en las guerras coloniales, se implementó una estrategia colectiva y deliberada para olvidar. El sociólogo Bruno Sena Martins lo describe como “memorias embargadas o vedadas”, es decir, memorias originadas en los territorios colonizados que el Norte hegemónico determinó como territorios de no-memoria. No es difícil encubrir y romantizar el pasado cuando existe un vacío de memoria entre el presente y el pasado. Este silenciamiento social y político, de hecho, fomentó lo que el historiador portugués Fernando Rosas denomina «no-memoria» o «memoria protésica»: un espacio que representa lo que debería haber estado allí o lo que debería ocupar ese vacío.

Esa falta de memoria, desatendida durante tanto tiempo, está siendo rápidamente suplantado por  un sentimiento nacionalista creciente que apoya de manera encubierta visiones racistas y neocolonialistas del mundo. A pesar de múltiples recomendaciones de instituciones como la ONU o el Consejo de Europa, el país todavía se niega a confrontar su violento pasado colonial. Los monumentos públicos en todo el país glorifican a los misioneros y navegantes de la “era de los descubrimientos”, mientras que los libros escolares trivializan la violencia de la esclavitud y el colonialismo. En esta amnesia colectiva, la extrema derecha encuentra un terreno perfecto para moldear y glorificar su historia colonial. Recién el año pasado se presentó un plan nacional para luchar contra el racismo y la discriminación como política pública, pero su implementación aún está por verse.

Registros y pertenencias, memoria y recuerdo

La copia de los registros militares de mi bisabuelo finalmente llega, y en ellos se rastreaminuciosamente cada uno de sus movimientos y destinos desde que se unió al ejército en 1917. En las páginas pobladas por todo tipo de detalles tediosos, encuentro los nombres de mi abuela y mis tíos, y los lugares que visitaba repetidamente en mi imaginación cuando era niña. Usando Google Maps, viajo a algunos de los lugares donde mi bisabuelo estuvo destinado como miembro de la fuerza militar de ocupación. Me entero de eventos de los que nunca me hablaron y sucesos que se mantuvieron en secreto para mi familia. Algunas de las historias y anécdotas familiares vagas ahora pueden situarse como un alfiler en el mapa. Esto lo hace todo más tangible: sucedió; es verdad.

La memoria no puede adherirse a las cosas; se mueve entre las cosas. Mirando hacia atrás, siempre hubo una sensación de equivocación en cada uno de los objetos de más reliquias familiares, un peso indescriptible en todos los recuerdos a medias que nos contaron. Crecer en los años 80, en mi familia, como en muchas otras familias blancas de colonos portugueses y militares, significaba aprender que los recuerdos de orgullo no eran exactamente honrosos. Sin embargo, nosotros, los niños y las niñas, no podíamos hacer preguntas. Y cuando no hay espacio para cuestionar, dejas que la herida permanezca latente dentro de ti, llevándola contigo, en silencio, y la transmites de generación en generación. Para mí, esta comprensión llegó solo décadas después. 

Nosotros, los descendientes del colonialismo, no tenemos conocimiento de nuestros vínculos directos o indirectos con la historia violenta de la expansión portuguesa de ultramar. Nadie parece saber quiénes eran los dueños de las plantaciones con personas esclavizadas, ni quiénes se beneficiaron de la red de tráfico humano que Portugal operó durante aproximadamente 450 años, desplazando a la fuerza a lo que hoy se estima en 5,8 millones de personas desde África. ¿Acaso estos hombres no fueron bisabuelos de alguien más? Al igual que mi familia, muchos otros han fetichizado, romantizado o simplemente omitido por completo toda evidencia de este pasado. ¿No es precisamente al reclamar estas memorias que podemos crear lenguajes capaces de desarmar las narrativas racistas y opresivas?

Sin embargo, nuestra realidad es que todavía vivimos en un mundo en el que imaginar el racismo como una “herida abierta” sigue siendo un tema muy polémico, como se evidenció recientemente con la controvertida selección del Pabellón Portugués en la Bienal de Venecia 2022. Muchos creyeron que la derrota de Grada Kilomba fue resultado de un miembro del jurado que deslegitimó su experiencia sobre el racismo.La obra de Grada Kilomba clarifica y traza este camino colectivo hacia la toma de conciencia. Comienza con la negación, el lugar exacto en el que nos encontramos como país, seguida de la culpa, que progresan hacia la vergüenza, el reconocimiento y, finalmente, concluyen con la reparación.

¿Dónde me encuentro yo en ese espectro? No estoy totalmente segura. Oscilo entre la culpa y el reconocimiento dependiendo del día, el estado de ánimo y la conexión con la realidad que me rodea. Pero tengo claro que, para avanzar, debemos negarnos a seguir participando de la romantización de la historia colonial. Debemos hacer todas las preguntas incómodas y divisorias, abrir cada cajón, revisar cada recuerdo al que todavía podemos acceder. Hay mucho más por descubrir, catalogar, confrontar, dudar, procesar y aceptar. Como afirma Grada, solo haciendo esto podemos crear nuevas configuraciones de poder y conocimiento. Esta catarsis es parte de nuestro camino colectivo hacia el futuro.

Créditos

Autora: Eva Gonçalves es diseñadora gráfica, investigadora y educadora. Nacida en Portugal, su trabajo se sitúa en la intersección del diseño, la política, la educación y las comunidades. Es coeditora de la revista de entrevistas mono.kultur y dirige la escuela experimental Ellipsis Open School.

Imágenes: Eva Gonçalves 

Texto original: Publicado en inglés el 10 de junio de 2022 en Futuress, una plataforma digital donde convergen el feminismo, el diseño y la política. 

Título original: Embargoed Memories. Reckoning with the Portuguese violent colonial past through fragments of my family´ heirloom. 

Traducción al español: Katha Eitner (Arde).

Esta publicación forma parte de una colaboración entre Arde y Futuress, un experimento editorial que busca ampliar la circulación de contenidos entre distintas lenguas y territorios. Traducimos textos del inglés al español y del español al inglés, para que estas historias resuenen en más personas y contextos. Así, algunos textos de Futuress se leen en español desde Arde, y otros de Arde se traducen al inglés para ser compartidos por Futuress.

Agradecemos a quienes generosamente comparten sus textos e imágenes para hacer posible estas traducciones.

Autor

Cómo citar este artículo

Formato APA 7

Eitner, K. (2026, 20 de julio). Memorias embargadas: confrontar el violento pasado colonial portugués a partir de las reliquias familiares. Arde. https://editorial.proyectoarde.org/memorias-embargadas-confrontar-el-violento-pasado-colonial-portugues-a-partir-de-las-reliquias-familiares/
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